El futuro del Perú se construye en las aulas

El Perú logró democratizar el acceso a la educación, pero todavía no ha logrado garantizar una educación de calidad. El gran desafío del país ya no es llevar más niños a las aulas, sino asegurar que aprendan, desarrollen sus capacidades y se conviertan en el capital humano capaz de impulsar el desarrollo nacional.

Desde su independencia, el Perú enfrentó una profunda división social que dificultó la construcción de una verdadera integración nacional. La República heredó un sistema educativo colonial, elitista y profundamente desigual, concentrado principalmente en las ciudades y con una fuerte influencia de la Iglesia Católica. La educación era concebida como un privilegio reservado para una minoría. En aquellos años, el analfabetismo alcanzaba aproximadamente al noventa por ciento de los peruanos.

Uno de los primeros esfuerzos por promover el acceso al conocimiento fue la creación de la Biblioteca Nacional del Perú por el general José de San Martín, inaugurada oficialmente el 17 de septiembre de 1822. Para San Martín, la independencia política solo podía consolidarse mediante la educación y la formación de ciudadanos ilustrados.

La educación superior también tenía una larga tradición en el país. La Universidad Nacional Mayor de San Marcos, fundada el 12 de mayo de 1551, marcó el inicio de la enseñanza universitaria en el Perú y en América. Sin embargo, durante más de dos siglos la formación superior estuvo reservada a una reducida élite.

Vale la pena recordar cómo era la enseñanza en el Perú a mediados del siglo XIX, pues ese es el contexto histórico que recreo en mi novela La Sangre de los Libres. En aquella época, la desigualdad educativa era evidente: la enseñanza estaba destinada principalmente a las élites urbanas, mientras que la población rural y los sectores populares tenían escasas oportunidades de acceder a la educación. La influencia de la Iglesia en la formación académica hacía que la educación continuara siendo más un privilegio que un derecho.

En la presidencia del General Ramón Castilla impulsando la creación y fortalecimiento de escuelas, convirtiendo la educación en una responsabilidad permanente del Estado. El Reglamento de Instrucción Pública de 1850 representó un punto de partida para la organización de la educación pública moderna en el Perú, estableciendo las bases de un sistema educativo que buscaba superar la dispersión existente hasta entonces.

Luego de dos siglos de independencia, el Perú ha logrado avances significativos. Actualmente, la educación es reconocida como un derecho constitucional y millones de niños y jóvenes acceden a escuelas y universidades en todo el territorio nacional. Sin embargo, el gran desafío del país ya no es únicamente ampliar la cobertura educativa, sino elevar la calidad de la enseñanza.

Los resultados de las evaluaciones nacionales e internacionales muestran que una parte importante de los estudiantes peruanos no alcanza los niveles esperados en comprensión lectora, matemáticas y ciencias, por múltiples razones que trataremos de exponer.

El Perú no ha logrado desarrollar una estrategia sostenida para formar el capital humano necesario que permita un crecimiento económico de largo plazo. Una de las principales razones es la ausencia de una política de Estado continua y consistente en materia educativa. Si bien han existido reformas importantes, muchas fueron modificadas, interrumpidas o abandonadas con los cambios de gobierno. En las últimas dos décadas, el país ha tenido diez presidentes y más de quinientos ministros de Estado, una inestabilidad que ha dificultado la continuidad de las grandes reformas nacionales.

Pero ningún plan estratégico de desarrollo podrá tener éxito si antes no se atiende al capital humano más valioso del país: los niños, quienes representan el futuro de la nación.

Afirmaría que uno de principales obstáculos, sino el primero, es la anemia infantil, una enfermedad que afecta a más de cuatro de cada diez niños peruanos en promedio, y que en algunas regiones andinas la realidad alcanza niveles alarmantes, llegando hasta seis de cada diez niños afectados.

La anemia infantil no solo compromete la salud de los menores, sino también su capacidad de aprender y desarrollar plenamente su potencial. La deficiencia de hierro reduce la oxigenación del cerebro y afecta la memoria, la concentración, el lenguaje y la capacidad de resolver problemas. Los estudiantes con anemia suelen presentar mayor cansancio, menor participación en clase, dificultades de aprendizaje y un rendimiento escolar inferior, aumentando el riesgo de retraso académico y abandono escolar.

Combatir la anemia infantil debe convertirse en una prioridad nacional, porque no solo significa proteger la salud de los niños, sino también invertir en una generación con mayores capacidades de aprendizaje, mejores oportunidades de desarrollo y mayores posibilidades de construir una sociedad más productiva, competitiva e inclusiva.

Por otro lado, la educación peruana enfrenta un desafío histórico relacionado con una confusión en la concepción del rol sindical. Los sindicatos cumplen una función importante al defender los derechos laborales de los docentes, mejorar sus condiciones de trabajo y representar sus demandas frente al Estado. Sin embargo, esta función no debe confundirse ni entrar en contradicción con principios fundamentales como la meritocracia, la evaluación del desempeño y la capacitación permanente, elementos indispensables para elevar la calidad educativa y garantizar mejores aprendizajes para los estudiantes.

Esta confusión ha generado consecuencias negativas para la educación peruana, porque ha debilitado la implementación de una cultura de mejora continua, basada en la meritocracia, la evaluación y la capacitación permanente. Un sistema educativo que no diferencia entre el buen desempeño y las deficiencias profesionales pierde la capacidad de incentivar la excelencia docente y termina afectando principalmente a los estudiantes más vulnerables, quienes dependen de la educación pública como principal herramienta para superar las desigualdades sociales. La defensa de los derechos laborales de los maestros debe ser compatible con el derecho de millones de niños y jóvenes a recibir una educación de calidad.

No podemos dejar de mencionar que la infraestructura educativa continúa siendo una de las grandes deudas del Perú. A pesar de los avances realizados, miles de colegios aún requieren mejoras, rehabilitación o reconstrucción, especialmente en las zonas rurales y de mayor vulnerabilidad. Escuelas con problemas estructurales, falta de servicios básicos, limitada conectividad y ausencia de espacios adecuados para laboratorios, bibliotecas y formación técnica evidencian que la calidad educativa no depende únicamente de los contenidos y los docentes, sino también del entorno donde los estudiantes aprenden. 

Finalmente es imperativo hacer mención el rol que significaría la incorporación de nuevas tecnologías, las que representa una oportunidad histórica para transformar la educación peruana. La conectividad, las plataformas digitales y la inteligencia artificial pueden mejorar la calidad del aprendizaje, personalizar la enseñanza, Incorporarlas debería ser una estrategia nacional que permitiría utilizarla como una herramienta para desarrollar el talento y las capacidades de los estudiantes. el Perú necesita competir en el mundo.

CONCLUSIÓN

Para transformar la educación peruana se necesita construir un ecosistema educativo moderno que empiece por garantizar niños sanos y bien nutridos, continúe con profesores altamente capacitados y motivados, cuente con infraestructura adecuada y conecte a los estudiantes con las nuevas tecnologías y herramientas del conocimiento. Solo así la educación podrá convertirse en el verdadero motor del desarrollo nacional.

Esto exige una política de Estado de largo plazo que integre salud infantil, excelencia docente, infraestructura moderna y tecnología

El Perú enfrenta el gran desafío: convertir la educación en el principal motor de su desarrollo y de su competitividad en el siglo XXI.

Tomemos como ejemplo a Singapur que no tenía petróleo, ni minerales ni grandes recursos naturales; su único recurso eran sus habitantes.

Lee Kuan Yew, reconocido como el arquitecto del Singapur moderno, tardó aproximadamente tres décadas en transformar un pequeño país sin recursos naturales en una de las economías más prósperas y desarrolladas del mundo. Comprendió que la verdadera riqueza de una nación no se encuentra bajo la tierra, sino en el talento, la disciplina y la capacidad de sus ciudadanos. Por ello, convirtió la educación en el eje central de una política de Estado permanente, basada en la excelencia docente, la meritocracia y la formación de capital humano altamente calificado.

Gracias a esa visión estratégica sostenida durante décadas, Singapur alcanzó uno de los ingresos per cápita más altos del mundo y se consolidó como un referente global en competitividad, innovación y calidad institucional.

El Perú, pese a contar con una población mucho mayor y una extraordinaria dotación de recursos naturales, enfrenta el desafío de adoptar una visión de largo plazo similar. Solo convirtiendo la educación en la prioridad nacional y en el principal motor de su estrategia de desarrollo podrá construir una economía más productiva, reducir las desigualdades y alcanzar un crecimiento sostenible que beneficie a las futuras generaciones.

Escrito por: Jorge Villarreal Álvarez